“La cebolla es escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches… Vuela niño en la doble luna del pecho, él triste de cebolla, tu satisfecho”. Así decía la canción de cuna, llena de amor y tristeza, que Miguel Hernández le dedicó a su hijo. El soñaba a ese niño amparado en el seno de su mujer, lo imaginaba saciándose de una madre hambrienta. La mayoría de nosotras también seríamos capaces de vaciarnos de vida para dársela a nuestros hijos, y de hecho, así lo hacemos cuando les acercamos a nuestro corazón y les damos nuestra leche. Esta comunión con ellos nos permite mantener ese vínculo único y simbiótico que se resquebrajó en el parto. Aunque, no nos engañemos, la lactancia no suele ser un idilio a primera vista.
Cuando inauguramos la crianza acercándonos ese minúsculo recién nacido a nuestro pecho, los dos acabamos de pasar por una experiencia prodigiosa y demoledora, separando nuestros cuerpos para siempre. El ha abierto los ojos a un mundo insólito donde va a tener que esforzarse para satisfacer sus necesidades. Nosotras doloridas y cansadas ofrecemos nuestra leche con el instinto ancestral nadando en nuestras intenciones, pero con el desconocimiento tiritando en nuestra postura. No va a ser fácil empezar a andar este camino juntos, más aún, cuando lo hacemos en el hospital, un lugar hostil, lleno de extraños a deshora.
Como tantas otras cosas en la vida, la lactancia materna es natural pero complicada. Los primeros días el llanto del bebe ante un calostro que no le sacia, se alía con nuestras inseguridades. Andábamos por una vida racional que controlábamos y ahora nos sentimos perdidas en un mundo crudo donde mandan las intuiciones. Por eso, no es raro, que la impaciencia y la impotencia nos lleven a sacar la bandera blanca y darnos por vencidas. Voces promiscuas nos animan a abandonar, y…¡es tan fácil dejarse llevar por el biberón y tan cansado enfrentarse a las dificultades! Pero…si nos mantenemos firmes y no nos rendimos, a los pocos días nos compensará la naturalidad con la que damos de mamar y la felicidad que obtenemos de esta actividad tan dual. Entonces, la vida se convertirá para nosotras en una nebulosa láctea en la que nos mecemos con nuestro hijo en una intimidad singular, habitando un cosmos etéreo sin más tiempo o espacio que el de nuestros cuerpos
Sin embargo, no todas conseguimos llegar a esta comunión. Cuando por circunstancias varias no podemos saborear la lactancia de nuestro hijo, perplejas nos sobrecoge esa imposibilidad hasta hacernos enmudecer. Schhhhhhh, no os dejéis acompañar por la melancolía en estos momentos tan extraordinarios. Sabemos que los biberones le mantendrán alimentado y que nosotras rodearemos su mirada y su afecto tan cerca de nuestros corazones como si estuviera anclado en nuestro pecho. Yo he tenido dos hijos, a uno pude amamantarlo y al otro no, pero los dos pasaron sus primeros meses inmunes al dolor y pletóricos de afecto compartido. Porque nosotras las madres conocemos una y mil maneras de darnos a nuestros hijos y de alimentar su vida.
Abril 11, 2008 at 12:04 pm
Tengo dos hijas: una de seis y otra que acaba de cumplir dos. A la mayor le di el pecho 30 meses. La pequeña aun lacta. Esta vez hasta que ella decida dejarlo. Llevo con gusto, aunque con cansancio, levantarme todas las noches para que ella tome “tetita” (asi la llama).
A ellas las alimenta física y esperitualmente (ahora ya más lo segundo, desde luego). Y a mí también. Para mí todos los días son el día de la madre. Animo a todas las que sientan dudas y superar las dificultades que no son pocas y siempre que sus circunstancias lo permitarn, a adentrarse en el maravilloso mundo de la lactancia materna.
Abril 11, 2008 at 12:06 pm
Todas esas faltas que podéis leer en el comentario anterior son “responsabilidad” de mi hija Jimena a la que le gusta trepar por su madre cada vez que me ve delante del ordenador.
Abril 11, 2008 at 4:49 pm
Enhorabuena Mari Luz,
por tu maternidad y por disfrutar de ella.
besos
inma