
A veces, parece que el invierno no va a pasar nunca. La oscuridad ocupa las tardes y, el viento, y el frío se adueñan de la calle. Dejamos pasar el tiempo, deseando que los días se sucedan rápido y esperando un milagro que nos libere de la melancolía que nos araña dentro. Pero… de forma inesperada, casi sin que nos demos cuenta, un día el Sol nos acaricia con sus rayos hasta hacernos sonreír, y nos sorprende la vida brotando con verdes aromas entre ramas secas. Entonces, respiramos hondo y nos sacudimos ese aire de invierno que quedaba en nuestros pulmones. ¡Por fin ha llegado la primavera!
La vida se tiñe de color de rosa o de color marrón según nuestras experiencias, pero no sólo con esas vivencias trascendentales que nos marcan la vida, sino muy a menudo, también con las pequeñas cosas del día a día que deciden nuestro humor. No son asuntos relevantes, son diminutas piedrecillas que se van colando en nuestro zapato hasta que consiguen hacer que nuestro andar se vuelva francamente molesto. El ejemplo más habitual es el cotidiano atasco en sus múltiples facetas: lluvioso, navideño, de puente, inesperado, accidental…etcétera…etcétera.
La relación más compleja existente entre dos seres humanos, es sin duda la relación que se establece entre una madre y su hija. Es un vínculo basado en el imposible equilibrio entre la simbiosis y el rechazo, donde la madre intenta vivir otra vida a través de su hija, controlando su existencia, mientras que ésta intenta desasirse del cordón umbilical materno para poder convertirse en una adulta independiente. Esta lucha de ambiguos sentimientos se desarrolla a lo largo de años de convivencia cercana o distante en los que la extensa sombra de la madre se despliega sobre la personalidad de su hija.


