Mujer embarazada Hoy se apuesta por las ayudas y el fomento de  la maternidad, no hay duda.  El embarazo es, sin embargo,  considerado como un estado que no requiere por parte de la sociedad ninguna atención especial.  Esto no es casualidad, nosotras hemos sido las primeras que hemos promovido esta situación para poder seguir con nuestra apretada agenda vital y no ser penalizadas por ejercer de receptáculo de un nuevo ser, una función, por otra parte, esencial para la humanidad.  

La gestación como estado de normalidad ha sido asumida de forma natural por nuestro entorno.  Así que ahora es difícil que cedan un asiento a una mujer embarazada en el autobús, que la dejen pasar en la cola de la caja del supermercado o que se considere que cumplir su horario y sus obligaciones no es lo mínimo que puede hacer.  Incluso la familia acepta fácilmente que se siga el mismo patrón de reparto de tareas, que siempre inclina la balanza hacia el lado femenino. 

Yo no quiero negar que el embarazo sea un proceso fisiológico, y tampoco creo que estar encinta debiera cambiar nuestra vida drásticamente, pero no nos vendría mal darnos cuenta de la sobrecarga física y emocional que este estado conlleva. De hecho el término “embarazo” en otras de sus acepciones quiere decir “impedimento” “obstáculo”, ó incluso “falta de soltura en la acción”,  y cualquier mujer que haya pasado por esta circunstancia, entenderá por qué.   

Cuando quedamos embarazadas intentamos seguir con el ritmo de nuestra vida habitual, pero …estamos tan cansadas como si una apisonadora nos hubiera pasado por encima.  Solemos, además frecuentar  un vértigo en el estómago que  no nos abandona durante meses.  Después, sentimos que nuestra agilidad se ha vuelto lenta torpeza mientras observamos unos tobillos irreconocibles convertidos en patas de elefante y olvidamos lo que es dormir una noche entera presionadas por nuestra vejiga-despertador.  A pesar de todo, nos sentimos más felices que nunca,  y aceptamos todos estos signos porque sabemos que son la consecuencia de habernos convertido en el  albergue de nuestro hijo.  Así que nos emocionamos con sus movimientos tras una sensibilidad hormonal a flor de piel, sintiendo tantos deseos, inseguridades y miedos que difícilmente pueden ser comprendidos por quien no haya pasado por esta situación. 

Sin pretender defender que el embarazo sea un estado patológico, creo, sin embargo, que es un periodo especial en nuestras vidas que merece un respeto y un valor social mucho mayor que el que hoy tiene en nuestro mundo.  Si nuestro gobierno y nuestra sociedad quieren  fomentar la natalidad tendrían que empezar por cuidar a las mujeres que acogemos en el vientre a los hijos durante nueve meses antes de que estos vean la luz y recibamos las becas que nos ayudan a cursar el primer tramo de la maternidad. Pero sobre todo nosotras mismas debemos ser más permisivas con nuestro estado y con nuestras debilidades y aceptar la fragilidad fisiológica que acompaña a la instalación de ese habitante indefenso y omnipotente que utiliza nuestro cuerpo para poder convertirse en un nuevo ser humano.