Playa, tumbonas… veranoParece que en estas vacaciones un nuevo miedo se ha instalado en nuestras mentes: el riesgo de viajar a una playa paradisíaca y encontrarla invadida por el chapapote. ¡Que mala suerte! Llegas a la misma playa hermosa donde habías disfrutado tanto el año anterior y vislumbras desesperantes manchas negruzcas en vez de los tonos amarillos y azules que admiraste doce meses antes… y no puedes entender qué ha ocurrido para que ese desastre ecológico se haya instalado en esa orilla amiga.

A veces otro tipo de chapapote nos sorprende en las vacaciones y torna nuestro tiempo de ocio en pareja en una playa sucia y desagradable que nos hace desear alejarnos hacia lugares más cercanos a la rutina. ¿Por qué es tan frecuente este sombrío panorama en nuestras costas? nos preguntamos mientras distintos medios de divulgación se empeñan en recordarnos que la estancia en el litoral costero se puede trasformar en una pesadilla de discusiones familiares y cabreos indefinidos y nos lanzan consejos de última hora. ¿Será porque tras la neblina del trabajo, los deberes cotidianos, y las obligaciones diarias se pueden esconder el desamor y la ausencia de deseo?, o quizá porque cuando las exigencias desaparecen en la claridad de la tregua estival, las emociones positivas y negativas aparecen en primera línea, y resulta difícil esconderse de ellas.

La convivencia en pareja hoy no es sencilla, atraviesa momentos de independencia, y esto nos fuerza a cuidarla y a encontrar cada día razones y motivos para mantenernos unidos. Pero lamentablemente, esto no siempre ocurre y en muchas ocasiones la unión se mantiene en pie por la fuerza de la cotidianidad, es entonces cuando se cae como un castillo de naipes ante un horizonte de ocio compartido. Las vacaciones se convierten en una cárcel de emociones negativas de la que es imposible escapar, y el vínculo se parece a una cadena que arrastramos con pesadez por siestas y chiringuitos con la única esperanza del retorno liberador a la urgencia de los deberes rutinarios.

Pero visto de otro modo, las vacaciones son también el mejor periodo para cuidar y mimar el vínculo, porque es entonces cuando nuestro tiempo se dilata permitiéndonos cultivar aficiones compartidas, y establecer largas conversaciones, alejadas de la comunicación de emergencia ordinaria. Horas para el placer de la inactividad, pero sobre todo para el goce de las sensaciones. Entonces es fácil volver a estadios de enamoramiento tras la imagen juvenil que deja ver el bronceado y las largas horas de sueño, recuperar el deseo perdido por la prisa y rescatar la afectividad marginada por el apremio de nuestra vida diaria.

Ante este descanso estival que ya estamos rozando ¿que hacer? ¿huir de las parejas que desprenden chapapote? …Cuanto antes mejor. ¿Cuidar la playa particular de nuestra relación? …Siempre, para evitar que aparezcan manchas negruzcas en ella… y más todavía en este periodo. ¡Felices Vacaciones!