bruja.jpgAhora que de nuevo oímos hablar incesantemente de Harry Potter, he decidido pedir una beca para ir a estudiar al colegio de Magia y Hechicería de Hogwartzs. Quiero aprender aunque sea de forma rudimentaria a realizar sortilegios y conjuros que me ayuden a pasar un mes de agosto en Madrid sin vacaciones. Espero encontrar un breve curso de verano, de acuerdo a mis expectativas, algo así como “aprenda magia de supervivencia”, pues no tengo mucho tiempo. Bastarían algunas claves de ilusionismo fundamentales y quizá también una reducida colección de amuletos, talismanes y trucos que me permitan hacer frente durante este mes a las dificultades que me esperan en la vida diaria.

El problema es que no creo que sea la única que tenga ese deseo, y probablemente si existe un curso así, no encuentre plaza porque supongo que la demanda será altísima. Pero no me queda más remedio que intentarlo porque sin esas herramientas mágicas veo imposible asumir la vida cotidiana durante el resto del verano.

Se acabaron los “campamentos escolares”, ó lo que es lo mismo, los espacios donde aparcar (con buena conciencia eso sí, porque están aprendiendo) a los niños durante el horario laboral. Ahora no queda más remedio que utilizar nuestros contactos, ya sean familiares o amigos para que hagan un hueco en sus casas y en sus actividades a nuestros hijos. Una vez conseguido que acepten a esos intrusos mediante un conjuro innombrable, tendremos que indagar en un itinerario exploratorio, bajo un Sol efervescente, si en el barrio hay alguna tienda de ultramarinos/supermercado/panadería que ha decidido acompañarnos en este infierno. Probablemente, sólo hallemos algún local anheloso de desprenderse de los últimos vestigios de su mercancía caduca esperando que finalice la semana para echar el cierre y abandonarnos también. Aquí es cuando necesitamos la habilidad del ilusionista para que cada día podamos hacer aparecer de la chistera el pan, el periódico y algún otro artículo de esos que siempre echamos a faltar con urgencia.

No se acaban aquí mis necesidades. La asistenta ha desaparecido en unas vacaciones más que merecidas, e intuyo que la casa nos mirará con tristeza que, a medida que pasen los días, se irá convirtiendo en desolación por el descuido en que se va a ver sumida. Para esto no me vendría mal un buen truco de trasformación, si pudiera ser, yo eligiría aquel tan envidiado de Samantha, la simpática bruja de la serie televisiva “Embrujada”, que conseguía hacer todas las tareas domésticas con un mohín de su nariz.

En fin, no pido mucho, con estas pocas nociones de magia podría arreglarme, no me vendría mal tampoco algún amuleto o talismán que me ayudará a encontrar una peluquería abierta, un horario de autobuses que no fuera aleatorio y estuviera descomunalmente dilatado o algún cine que no pusiera películas infumables para todos los públicos. Aunque en realidad, lo que de verdad me gustaría sería instruirme en la teletransportación y tras decir la palabra mágica “abracadabra” aparecer en uno de esos viajes a la Polinesia que nos relatan con todo lujo de detalles en “la 2” para hacernos morir de envidia.