mujerconduciendo1.gifA veces imagino que las mujeres estamos adentrándonos en el papel social que nos corresponde como espectadores que se agolpan en el acceso a un estadio. El torno es un mecanismo muy lento para nuestras expectativas, y no podemos por menos que impacientarnos mientras alrededor se nos pide calma. Al menos, muchos de los estereotipos de género que han impedido nuestro paso al recinto de la igualdad se han desdibujado en los últimos 20 años de manera drástica, y esto nos está ayudando en esta entrada paulatina sin vuelta atrás.

Figuras clásicas como que una mujer conduciendo sea “un peligro al volante” ó que un hombre que cuida su imagen sea “poco masculino” han llegado a desaparecer. En cuanto hemos tenido la misma oportunidad de aprender a conducir, las mujeres de nuestra generación hemos mostrado similar destreza que ellos a excepción de una mayor prudencia que nos genera una ventaja en el pago del seguro. Sin dejar de evolucionar las más jovenes han dejado atrás la cautela y presentan un tipo de conducción tan resuelta y acelerada como los chicos de su generación, así que dentro de poco tiempo serán las compañías de seguro las que nos dejen de considerar aliadas y supriman, con buen criterio, las ventajas que nos habían concedido. Por otra parte, el modelo masculino que defendía el refrán clásico: “el hombre como el oso, cuanto más feo más hermoso” también es hoy ignorado. Sean o no “metrosexuales” nuestros chicos cuidan, cada vez más, su imagen a base de cosmética y gimnasio sin dejarse vencer por arrugas y michelines. ¿Será porque, en el fondo, hombres y mujeres no somos tan diferentes?

En temas profesionales, también las féminas hemos demostrado que podemos hacernos un hueco en terrenos que teníamos clásicamente vedados, pero ¡como se nos resisten estos modelos! En nuestro país por poner un ejemplo solo alrededor del 10% de los soldados, policías o catedráticos universitarios pertenecen al género femenino. Mucho más escasas son las mujeres en posiciones de poder en las empresas (uno de los lugares en los que seguimos vetadas). Tampoco son muchos los hombres que se han apuntado a una sociedad sin estereotipos ejerciendo de cuidadores de la casa y de sus hijos, de maridos consortes o de matronas (todavía los enfermeros que empiezan a ejercer ese papel no saben como llamarse). Como veis, nos sigue resultando difícil distanciarnos de los modelos clásicos.

Y es que convivimos con vestigios de un determinismo del pasado que dictaba gran parte de nuestro potencial personal basándose en las diferencias de género. Residuos que observamos a cada paso en esta sociedad que sigue cuestionando roles y hábitos que están mudando hacia lugares emancipados de la prescripción de género. ¿Por qué? Me preguntó yo. ¿Será, como decía Simone de Beauvoir, que nuestro problema sigue siendo un problema de hombres que se resisten a dejarnos pasar?, o que simplemente todos necesitamos más tiempo para perder una identidad anclada en nuestra memoria colectiva. Yo todavía no lo sé…