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Tengo un amigo que bromeando pero, con preocupación, me cuenta su experiencia: “cuando ya entiendo a mi hijo de 7 años, entonces él cambia, se convierte en un niño de ocho y tengo que intentar comprender sus razonamientos de nuevo. Lo mismo me ha sucedido cada año desde que nació, siempre ando detrás de él, tratando de alcanzarle…¡creo que nunca voy a ser capaz de entenderle por mucho que me esfuerce!”. Así es el ejercicio de la paternidad, requiere un trabajo de superación constante. Estas metamorfosis continuas de nuestros hijos nos obligan a aprender y a reinventar una nueva forma de relacionarnos con ellos, casi cada cumpleaños. En esto, sin querer caer en el desánimo…no somos tan diferentes a los pájaros…

Porque las melodías de los canarios cambian de repertorio cada primavera como preparación para la paternidad. Los canarios machos empiezan a cantar al final del invierno, cantan durante toda la primavera y el periodo estival, y después, si han sido padres, abandonan para siempre esas canciones, para volver a empezar un ciclo diferente al año siguiente. Este proceso ha sido investigado por Fernando Nottenbohm, neurocientífico y ornitólogo, profesor de la universidad de Rockefeller, que a través de este hallazgo ha demostrado por primera vez la creación de neuronas nuevas en animales vertebrados adultos. Él descubrió que al finalizar la época de cría los centros reguladores del canto de los canarios sufren una regresión, muriendo muchas de sus neuronas. Después, en estos centros se produce otra fase, esta vez de regeneración, en la que nacen neuronas responsables de la modificación de su canto, que pierde, incorpora ó modifica sílabas hasta convertirse en una melodía diferente, original, para empezar de nuevo la etapa de cría. Estos pájaros estrenan acordes todos los años en primavera para volver a asumir el ciclo de la paternidad.

Quizá también nosotros como ellos, experimentemos una regeneración neuronal para enfrentarnos a esta paternidad tan igual y tan diferente en el constante crecimiento de nuestros hijos. La ciencia todavía no ha averiguado si tener descendencia se acompaña de la creación de neuronas, pero todos los que tenemos hijos hemos aprendido que la paternidad nos revela siempre aptitudes desconocidas y cambiantes en nosotros mismos. Porque convertirnos en padres requiere un aprendizaje constante de tareas nuevas y hasta descubre en nosotros insólitos talentos. Por eso, no es raro que nos sorprenda una facilidad inusual para tararear las canciones de los “Lunnis”, para inventar fantásticas historias e incluso para ser capaces de contestar a las incesantes y espinosas preguntas de nuestros, siempre complicados, hijos.