maltrato.jpgHay noticias que se han convertido en reseñas asiduas de periódicos o telediarios. Lamentablemente el maltrato a mujeres se ha constituido por su frecuencia en una información prácticamente diaria. Este año ya hay más de 50 víctimas en nuestro país y a pesar de la nueva ley de violencia de género o de la alerta social existente, esta espeluznante cifra no disminuye. Sin embargo, estas noticias constituyen sólo la punta del iceberg, porque la violencia machista contra las mujeres está tan enraizada en nuestra sociedad que sin llegar a matar, puede llegar a destruir la vida de muchas féminas de nuestro entorno.

Se han utilizado muchos términos para denominar esta lacra social y no todos son igual de acertados. Últimamente se empieza a oír hablar del maltrato con el término de “violencia machista” en vez de llamarlo “violencia de género” o “violencia doméstica”.

He de confesar que a mí calificar al maltrato como “violencia de género” me parece bastante abominable. Me da la sensación de que con esta expresión se hace susceptible a todo el género masculino de una predisposición natural a atacar a las mujeres. Algo totalmente falso, ya que a la gran mayoría de los hombres les repugnan estos delitos tanto como a nosotras.

Tampoco me parece adecuado utilizar el término “violencia doméstica” porque creo que sigue manteniendo el tono hogareño e íntimo de estos crímenes; condiciones que, durante muchos años, han sido una cancela para ocultar esta violencia y provocar un silencio infranqueable a su alrededor. Ni siquiera cuando se habla de “terrorismo doméstico” parece posible acceder a este maltrato que se desarrolla de forma tan sigilosa.

Sin embargo, creo que el término “violencia machista” sí resulta apropiado para definir estas terribles agresiones. Porque si hay una característica común en estos delincuentes maltratadores es que consideran a las mujeres como seres inferiores y creen que utilizando la fuerza y los golpes contra nosotras aumenta su masculinidad. Esta manifestación machista de abuso y rabia es pues el insólito y único modo que muchos hombres encuentran en la actualidad para demostrar superioridad hacia su pareja.

Pero quizá lo que me parece más acertado de este término es que nos lleva directamente al origen del delito, porque solo rechazando el machismo y todas sus manifestaciones podremos erradicar esta enfermedad social. Para eso necesitamos apartar a los niños de las relaciones de sometimiento y desigualdad entre hombres y mujeres y de la utilización del abuso y la violencia en sus relaciones. Educar a nuestros hijos en el respeto a las diferencias y enseñarles un vínculo de pareja basado en la reciprocidad. Este, creo yo, es el único comienzo posible para que los niños y niñas de hoy dejen de convivir con esta violencia machista mañana.