Erase una vez un pobre leñador que vivía con su mujer y sus dos hijos: Hansel y Gretel junto a un bosque. Un buen día, estos padres apremiados por la pobreza, utilizando la astucia y el engaño, abandonaron a sus niños entre los arboles. Los pequeños desamparados en la oscuridad de la noche hallaron una casita de paredes de chocolate y galletas de jengibre. Allí habitaba una bruja mala que fingiendo que iba a cuidarles se dedicaba a engordar a Hansel con el fin de comérselo y a utilizar a Gretel de criada. Pero ellos sirviéndose de su inteligencia y de su valor fueron capaces de librarse de una muerte atroz y conseguir volver a su hogar, donde unos padres ya arrepentidos les esperaban con los brazos abiertos. ¿No os recuerda este cuento, cruel y despiadado, de los hermanos Grimm a la historia de Madeleine McCann que todos contemplamos boquiabiertos?

Un “pobre” padre, con una esposa “fuerte” que abandonan a sus hijos, forzados por unas necesidades de diversión. Probablemente también lo hicieron utilizando argucias y trucos de adultos. Los niños permanecieron indefensos y desamparados en la oscuridad de una habitación extraña a expensas de brujas malas. ¡Ojala Madeleine como Hansel y Gretel haya podido librarse de la muerte y pueda volver a los brazos de unos padres arrepentidos! ¡Ojala esta historia del siglo XXI tenga el final feliz que idearon los hermanos Grimm para esos niños a los que sus padres condujeron hacia la adversidad!

Bruno Bettelheim, un famoso psiquiatra que se dedicó a analizar los cuentos de hadas decía que estas historias son como espejos mágicos que reflejan aspectos de nuestro mundo interno y en los que podemos descubrir los aspectos más tenebrosos y ocultos de nuestra alma. Hoy nos enfrentamos a esa representación de la realidad en esta historia macabra que ha penetrado con fuerza en nuestros hogares. ¿Por qué los padres dejaron a sus hijos solos en una habitación de hotel? ¿Acaso los sedaron? ¿Por qué nos han hecho testigos y cómplices suyos en esta campaña mediática que han desarrollado? ¿Cómo pueden trasmitirnos esa frialdad vacía de culpa? ¿Cómo han logrado vagar ausentes de sentimiento por las pantallas de televisión sin convertirse en prisioneros de su propia conciencia?

El mundo permanece con los ojos fijos en este cuento de hadas, tan monstruoso, que nos ha atrapado. Esperamos un desenlace de culpabilidad o inocencia, y la vuelta de Madeleine se ha empequeñecido ante el juicio a unos padres, que como en el cuento de los hermanos Grimm, nunca serán inocentes, porque de forma manifiesta o figurada ya son culpables de lo que le haya ocurrido a su pequeña hija.