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Mucha gente piensa que la convivencia mata la pasión ó lo que es lo mismo que la cotidianidad del matrimonio acaba en rutina y que ésta es la principal enemiga del deseo sexual. Pero, ¿acaso una pareja puede funcionar sin sexo?… difícil ¿no? Desde luego la ardiente relación en la que solemos embarcarnos durante el enamoramiento se vacía bastante del acaloramiento inicial con el paso de los años, cuando el sexo suele quedar limitado a unas horas y a un espacio concreto, casi siempre al acabar nuestras obligaciones. Pero todos nosotros somos seres sexuales, que necesitamos dar y recibir placer. ¿Cómo, cuanto, cuando o de que manera? Son cuestiones con respuestas diferentes en casi cada pareja.

De forma periódica se quiere convertir en noticia las veces que se practica el sexo a la semana. Para hacer el tema más excitante se nos compara, a los españolitos, con ciudadanos de otros países, como si esto también fuera una competición. Nosotros metemos al menos un gol por semana, los griegos nos ganan, los estadounidenses quedan a la cola …ridículo ¿no? Toda la riqueza sexual queda reducida a un número. Pero ¿Qué ha sido del erotismo?, ¿y de la satisfacción ó de la calidad del encuentro sexual? Esto no es el fútbol, no gana el equipo capaz de marcar más goles…¿No os parecen estrafalarias estas rocambolescas competiciones sexuales?

El deseo en la pareja es un cóctel que se combina en el cerebro con diferentes ingredientes: necesita una base de pasión, y aderezos de espontaneidad, incertidumbre, cierto cosquilleo de libertad y una viva conexión emocional. Aunque, en la convivencia solemos añadir otros componentes que no siempre benefician el sabor del combinado. El compañerismo, la seguridad, la comodidad o la confianza en demasía pueden hacer peligrar la mezcla y volverla insulsa y poco apetecible. Si esto ocurre, podemos llegar a convertimos en seres sexuales invisibles para nuestra pareja y dejar de pensar en esa afrodisíaca bebida para tomar el café con leche de la convivencia en fraternidad.

No obstante, una vez instalados en esa comodidad nos quejamos del aburrimiento que ha invadido nuestra vida en pareja y que nos incita a buscar el erotismo más allá de los límites de este vínculo, al mismo tiempo que nos dejamos llevar por la corriente de costumbre y serenidad de nuestra convivencia. Así, no podemos sorprendernos de ver como muchas veces cuando queremos hacer frente a lo que nos ocurre es ya demasiado tarde, y no hay manera de armonizar de nuevo los ingredientes de esa poción que se ha vuelto imbebible.

El erotismo es una fuente de placer y de satisfacción. Nos equivocamos si creemos que tiene que ver solo con la cantidad, porque se compone sobretodo de la calidad de los momentos íntimos que compartimos con nuestra pareja. El goce de la sensualidad tiene infinitas formas y momentos, no los perdamos de vista para desvariar con las competiciones futboleras entre países. No nos resignemos a aplastar el deseo en esa fastidiosa y cómoda inapetencia que puede ocupar la convivencia. Atrevámonos con cócteles fantásticos, extravagantes, caprichosos, sorprendentes, desconocidos o salvajes para descubrir siempre rutas nuevas de nuestra sexualidad.