Las mujeres nunca nos resistimos a comprar algún cosmético en las tiendas de los aeropuertos. Antes teníamos la excusa de que allí nos resultaban más baratos, pero ahora que los precios ya no son allí lo que eran, seguimos haciéndolo aunque, con menos excusa, con la misma avidez. La crema que promete borrar cualquier arruga y devolvernos la juventud y lozanía con sus toques mágicos…el lápiz de labios que nos volverá irresistibles o …el prodigioso maquillaje que dotará a nuestra piel de un tacto aterciopelado y de una luminosidad cegadora, se convierten de repente en elementos imprescindibles de nuestro equipaje de mano a los que nos sentimos incapaces de renunciar.

Cuanto más dinero nos gastamos para darnos lustre y belleza, más convencidas estamos que estos cosméticos van a ser definitivos para realzar nuestro atractivo oculto por los años y para cambiar nuestra imagen. Y…cuanto menos nos apetece coger ese avión más aumenta nuestra compulsión a utilizar la tarjeta de crédito en estas tiendas puestas allí por un avezado diablillo que conoce a la perfección nuestra mente femenina.

¿Y que pasa con los varones, compañeros de profesión que viajan con nosotras? Ellos nos miran confundidos y con un aleteo de envidia en sus caras. Les gustaría descubrir donde radican las raíces de ese placer que contemplan en nosotras mientras aspiramos distintos perfumes, nos pintarrajeamos las manos con lápices de colores o indagamos cual detectives la crema más conveniente para nuestro cutis. Algunos pululan perdidos por la tienda sin saber a ciencia cierta que es lo que hacen allí. Incluso hay valientes dispuestos a intentar dejarse llevar por nuestra furia compradora y nos imitan olfateando con desgana esencias de madera, ó buscando nuestro consejo para de forma tímida atreverse con algún cosmético masculino.

Pero la mayoría de ellos no pueden por menos que sentirse lejanos de ese pequeño placer tan nuestro, así que suelen esperarnos leyendo el periódico en la cafetería incapaces de saborear ese pequeño homenaje que nosotras nos otorgamos para mitigar los sinsabores que suelen acompañar a los viajes profesionales.

Así, después de comprar un poco de felicidad en forma de cosméticos iniciamos nuestro periplo con la esperanza de iniciar también otro viaje que con ese equipaje de mano, todavía sin estrenar, nos llevara hacia un nuevo esplendor de nuestra piel, a la seducción de una inédita roja sonrisa, ó al erotismo que desprende ese fresco perfume en él que ya nos sentimos inmersas cuando subimos al avión.