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Los últimos días de embarazo se me están haciendo eternos, cargados de lentas horas y espaciosos minutos difíciles de ocupar. Físicamente m cuerpo se ha convertido en un desconocido descomunal al que le cuesta moverse con soltura. Las habilidades han desaparecido de mis manos, que torpes son incapaces de sujetar cualquier cosa, y siento extrañeza de cualquier pasado de mujer ágil y desenvuelta. Pero el cambio más abismal se está produciendo en mi mente, que permanece aislada en un estado nebuloso en él que se mecen los movimientos de mi hijo, con mis sensaciones y nuestro particular vínculo en una experiencia única imposible de trasmitir.

Ya no cuento la espera en semanas, ya solo quedan prolongados días que tacho en el calendario con ímpetu al anochecer, suspirando por acortar el tiempo hasta el alumbramiento. Entonces, entro en la oscuridad de puntillas donde persigo el sopor en un duermevela incómodo de complejas posturas y movimientos. Los sueños, los miedos y la incertidumbre se alían en este adormecimiento superficial con el ansia de contemplar por fin, después de nueve interminables meses la cara de mi hijo y mudar para él el sostén de mi útero por mis brazos tan ávidos de acunarlo.

Vivo estos días en un mundo íntimo real y evidente solo para mí. En él me cuesta incorporar horarios, obligaciones, tareas y asuntos que resbalan por mi gran barriga sin saber donde aferrarse para captar mi atención. Intento anotar cada uno de los quehaceres diarios para no olvidar su cumplimiento, pero es un ejercicio en vano, porque después abandono los apuntes en cualquier sitio que soy incapaz de recordar.

Mi nuevo hijo se ha convertido en el centro de mi existencia, demasiado perceptible en mis entrañas como para aturdir cualquier otra mundana exigencia. Así que, por mucho que me esfuerce en no abandonar mi vida cotidiana, que tira de mí pretendiendo recuperarme, hábito en una ausencia remota donde me he retirado a saborear las sensaciones y emociones que continuamente percibo.

Sé que en él momento en que mi hijo nazca, cuando yo retome de forma progresiva mi vida y las relaciones con mi entorno, voy a añorar abismalmente su presencia dentro de mi. Porque, desde ese momento  él dejará de ser una parte de mi organismo para convertirse en un ser único, individual y ya, para siempre, ajeno a mi.

…Así que en estos largos días también me recreo en este estado singular que tú, hijo mío, y yo compartimos, aislados y simbióticos, recluidos en nuestro universo dual.