pezynubes.jpgEn nuestras empresas, tan humanas y emocionales se produce un fenómeno “metereológico” que, conocido hoy con una nueva denominación, sin embargo ha existido siempre. Es el “mobbing” o lo que es lo mismo, el acoso moral que sufren algunos empleados, generalmente iniciado por sus supervisores y que acaba por extenderse a lo largo y ancho de sus organizaciones. Éste se produce de forma soterrada, siendo como la lluvia fina que acaba en diluvio. Suave pero persistente va cayendo sobre la víctima minando su moral hasta proceder a su derrumbe psíquico. Como la borrasca que nos atrapa desprotegidos, este proceso va despojando al acosado de la ilusión y motivación por su trabajo, y le va aislando bajo un paraguas que le impide contemplar otra cosa que no sea ese asfalto enfangado en él que se ha convertido el mundo laboral que le rodea.

El acoso moral es sutil como las pequeñas y constantes lloviznas procedentes de una nube solitaria siempre situada sobre la cabeza del que la sufre. Es capaz de conseguir que la húmeda agresión permanezca inadvertida para todos excepto para la víctima. No suele manifestarse de forma abierta, sino que adquiere un tono sofisticado e insidioso que va calando hasta los huesos al que la sufre, que se siente cada día más intimidado y empequeñecido hasta que termina por eliminarse voluntariamente de ese entorno perverso en él que ya no puede permanecer.

Mientras, a los ojos del resto de la empresa, lo único que se advierte es un deterioro laboral del acosado que suele ser atribuido a un empeoramiento de su carácter que se ha tornado sombrío y brumoso, a su velada falta de compromiso ó a un tormentoso desequilibrio personal que se ha instalado en su vida. Conforme el hostigamiento va arreciando, la resistencia de la víctima va siendo vencida con el beneplácito del entorno ya convencido de su derrumbe profesional.

Este es el momento que el acosador esperaba para apoderarse, a la velocidad del rayo, de las competencias de la víctima y desposeerla de todo su valor, después de haberla ido empujando de forma delicada pero contundente a la inundación de toda su carrera profesional. Ahora, el acosador, ya la puede colocar en su armario junto al resto de “cadáveres” que sucumbieron en incriminaciones similares y respirar tranquilo en la seguridad en que se ha instalado, más allá de esa borrasca provocada que ni siquiera le ha salpicado.

Una de los mayores sufrimientos que afronta la víctima es su creciente indefensión y soledad a lo largo de todo este proceso. ¿Conocéis a alguien sufriendo una situación así?…entonces entenderéis lo difícil que resulta pedir ayuda cuando un acosador te señala continuamente, te censura y te condena al ostracismo y a la autodestrucción. Es un juicio, donde no hay abogado defensor o leyes, sólo un juez capaz de convencer de la culpabilidad del acusado a toda persona que pueda convertirse en miembro del jurado.

En las empresas no hay techumbre alguna para que estas víctimas que están sufriendo el acoso puedan resguardarse de los destrozos que las inclemencias del temporal les están ocasionando. Resulta imposible prevenir de forma precoz estos aguaceros que acaban con muchos buenos trabajadores. Ojala pronto se formen árbitros y procedimientos que puedan detectar y resolver estas situaciones antes de que acaben con el “suicidio laboral” de estas personas cuya única falta fue convertirse en objeto de una relación equivocada.