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Sandra y Lorenzo formaban una pareja con tanto amor, expectativas de futuro y armonía que un día decidieron sellar su vínculo con el matrimonio creando una sociedad limitada…Entonces, no supieron adivinar que esta estable alianza no sólo les unía a ellos, sino que enlazaba a sus respectivas familias, que sin tardanza se pusieron manos a la obra para hacer de esa asociación dual una corporación que les incluyera también como socios. De esta manera, su matrimonio no fue vivido sólo en términos de convivencia, cooperación económica, sexualidad compartida ó alumbramiento y crianza de hijos. A esta sociedad limitada, se le añadían siempre deberes, obligaciones, alabanzas y críticas de esos parientes que se habían infiltrado en su matrimonio y que solían representar una fuente de tensión frecuente entre ambos.

Aunque fue al tomar la gran decisión de su vida: convertirse en padres, cuando el cerco de las relaciones parentales se volvió de repente más estrecho y agobiante. Entonces hermanos, suegros, suegras, cuñadas, primos, y cualquier otro miembro de esa familia ampliada decidió intervenir de forma directa, involucrándose en la forma de vivir su paternidad. En el espacio y el tiempo propio dedicado a esta sociedad limitada fue necesario dejar sitio para reuniones familiares semanales, llamadas telefónicas constantes, visitas inesperadas y con frecuencia intempestivas, consejos irrebatibles, y opiniones siempre discutibles sobre cada asunto doméstico. Aspectos como la alimentación, la higiene o la educación de sus hijos se convertían con frecuencia en campos de batalla que enfrentaban en distintas combinaciones a miembros de ambas familias. Los límites resultaban difíciles de establecer en los estrechos vínculos existentes y la sociedad que habían instaurado Sandra y Lorenzo se debilitaba ante tanta presión ambiental.

“¿Me he casado contigo ó con tu familia?” Se preguntaban cada uno de ellos una y otra vez,…y la respuesta progresivamente se inclinaba hacia el lado familiar. Y es que su sociedad había dejado atrás cualquier restricción para albergar a tantos parientes que entraban y salían de ella a su conveniencia. Las demarcaciones se habían borrando y los permisos de acceso no eran ya necesarios pues se consideraban existentes por derecho propio.

Hasta que llego un momento en que los socios fundadores se percataron de que su pequeña empresa se había quedado en números rojos afectivos. Sandra y Lorenzo ya no podían distinguir su núcleo familiar del resto de su parentela. Así, que un buen día colgaron en la puerta de su domicilio el cartel de: “se traspasa por motivos familiares”. Y con osadía y valor se alejaron de esa multitud familiar que les ahogaba para recuperar su espíritu inicial. Esta vez protegieron su relación con verjas y alambradas para intimidar a tanto querido intruso…y con cierta sorpresa observaron como sus familiares se alejaban conmocionados ante tanta firmeza y por vez primera empezaban a respetar los límites de su sociedad.