ciguena2.jpg“Gracias a todos los amigos que me han enviado sus felicitaciones durante estos días”

Que a los niños los trajera una cigüeña de Paris o de otros parajes lejanos, como nos contaban de pequeños, parecía tener importantes ventajas para las madres, a las que esta zancuda entregaba al recién nacido sin coste alguno e incluso arropado y en una cesta con lazo como si fuera un preciado obsequio. Este mito explicativo tan familiar en nuestra infancia era un cuento algo tramposo, pero también era una narración que a nuestros ojos representaba la llegada de los bebés como episodios mágicos e inmaculados.

Nada que ver con el nacimiento de un niño donde se mezclan el esfuerzo, el dolor, y la incertidumbre. Un hecho intemporal que se nos hace eterno, pero también un camino único que nos lleva por fin a abrazar a nuestro hijo. Cuando nos encontramos con su cara olvidamos de golpe todo el padecimiento que sentimos para dejarnos embriagar por una paz y una felicidad infinitas y una emoción tan intensa que no se deja atrapar por las palabras. Y es que a pesar del sufrimiento, de las heridas y del miedo, la llegada al mundo de un hijo es la vivencia más natural, y a la vez la más milagrosa que puede experimentar una madre.

A Miguel no me lo dejo en una cesta una cigüeña amiga, pero tampoco envidio esa circunstancia, su llegada con esa mezcla de dolor y felicidad será uno de los recuerdos más queridos de mi vida.

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