fiestasinfantiles2.jpgNuestros fines de semana, uno tras otro, permanecen con la agenda al completo. Al menos tenemos que contar con una tarde de fiesta…de fiesta de cumpleaños a la que nuestros hijos han sido invitados o peor aún, son los anfitriones. Así que pasamos muchas horas muertas en esos locales tan poco atractivos como frecuentados. Espacios de decoración imposible, ruido ensordecedor y siempre a rebosar de multitud de tribus infantiles. Son las piscinas de bolas, las hamburgueserías o los sitios habilitados especialmente para estas fiestas.

El niño que ejerce de homenajeado, después de vaciar la cuenta de sus padres en una invitación multitudinaria y que puede ser calificada con cualquier adjetivo, menos del de barata, vuelve a su casa pletórico. Nosotros, resignados, con el maletero del coche familiar lleno hasta los topes de los regalos de esos treinta colegas a los que ha invitado, y de los que apenas conoce su nombre. No más de cuatro o cinco de ellos son sus amigos, el resto de la clase, sólo conocidos, pertenecen a la rueda interminable que invita e invitan a lo largo de todo el curso escolar.

Si tenemos suerte, y nos salvamos del cumpleaños de fin de semana, probablemente tendremos que aceptar la invitación de apoyo de otros padres desesperados para sufrir una nueva película soporífera de la factoría Disney, ó acudir a un partido de baloncesto de nulo interés. Eso si no tenemos la “dicha” de que nuestro hijo entre en el circuito de las permanentes competiciones de natación, atletismo, judo o cualquier otra práctica en él que ellos reparten su tiempo de actividades extraescolares, y que nos hará viajar por los pueblos de toda la comunidad como los hinchas más apasionados de ese deporte al que nunca antes habíamos prestado atención.

¿Dónde han quedado nuestros amigos?, ¿y las reuniones en que los temas de conversación versaban sobre libros, cine o música? Por no hablar de las cenas donde las discusiones se prolongaban hasta altas horas acompañadas de copas y filosofía.

Ahora en cualquiera de las tertulias que establecemos, en estos fines de semana repletos de vida social, nuestras charlas tienen como objeto las enfermedades, el colegio, la competición o la educación. Temas que invariablemente giran alrededor de nuestros omnipresentes hijos. Por eso, no es de extrañar, que la vuelta al ambiente laboral cada lunes pueda significar una bocanada de aire fresco en nuestras existencias. Entonces, es cuando hablamos de presupuestos, objetivos, retos u otro tema, quizá igualmente aburrido, pero al menos independiente de nuestra familia. Por fin, dejamos atrás a nuestra prole, y una comida de trabajo o una caña al salir de la oficina se convierten en situaciones deseadas de una vida social que trascienda ese mundo infantil en él que permanecemos sumergidos.