corazon1.jpg“Hay que venir llorado de casa” he oído decir muchas veces a mis compañeros de trabajo, refiriéndose al hecho de que los problemas y las emociones hay que mantenerlos lejos del entorno laboral. Es evidente que muchos profesionales, ya sea por comodidad o por presión, abandonan sus sentimientos fuera de la fachada de nuestras organizaciones y al atravesar su entrada se convierten en seres puramente racionales. “Nadie está interesado en tus problemas personales…así que mantenlos alejados de tu trabajo” ha sido una premisa con la que todos hemos convivido…y que se ha trasmitido como parte de la cultura empresarial a lo largo de años. Así, hemos aprendido a no mostrar nuestras debilidades en el trabajo. Pero…¿es real esperar que las personas nos vaciemos de nuestros afectos positivos o negativos antes de partir para la oficina?. Probablemente no. El ambiente laboral, no puede por menos que nutrirse de la amalgama de los sentimientos de los empleados que, sin remedio, se manifiestan a través de las comunicaciones que establecemos.

Así, como las malas o buenas relaciones impactan en nuestra satisfacción laboral y por tanto en nuestro rendimiento, no podemos tampoco obviar que las emociones constituyen una importante pieza de la realidad de nuestras empresas. Y, si las intentamos esconder, la comunicación, sin remedio, se vuelve tensa y opaca para poder ocultar los sentimientos. Esas sombras contaminarán cualquier vínculo que establezcamos con nuestros colegas.

Los hombres han aprendido a vivir de espaldas a sus emociones desde niños, las mujeres también hemos conseguido ocultarlas para no perjudicar nuestro progreso laboral en un mundo dominado por el género masculino. De esta manera, todos hemos contribuido a propagar un ambiente laboral indiferente a los afectos, aunque no por ello, dejamos de percibir que esta frialdad afectiva enmascara cualquier trato con nuestros colegas. No es extraño entonces que la desconfianza se apodere de nuestros vínculos laborales, y que haya sólidos muros que nos impidan percibir y entender a las personas que se esconden tras los papeles de subordinados, compañeros jefes o clientes.

Ahora, que, mal que nos pese a algunos, todos nos hemos adaptado a esta cultura, vienen los “expertos en recursos humanos” y nos dicen que el liderazgo emocional es fundamental para nuestras empresas, y que tenemos que aprender a ejercitar las emociones en el medio laboral. Y nosotros nos preguntamos: ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo evitar ponernos rígidos cuando nos vemos sorprendidos por emociones ajenas si solemos vivir el trabajo de espaldas a las nuestras? ¿Cómo intentar mostrar empatía por los otros, si durante años nos la hemos negado a nosotros mismos en el entorno empresarial?

Pero no nos preocupemos porque el camino de vuelta a las emociones es mucho más fácil que la huida de ellas. Basta con ser capaces de relajarnos, flexibilizar nuestras propias vivencias, asumir abiertamente nuestros afectos, y dejarnos llevar por la espontaneidad en la comunicación. Además de conseguir trabajar en empresas más humanas todos nos sentiremos más cómodos en ellas.