ordenador.gifHace más de dos semanas que no he escrito nada en este lugar que ya se ha convertido como mi otro yo. Este blog abandonado refleja de forma tan precisa como la imagen de un espejo la renuncia personal que en este tiempo está experimentando mi vida. Ahora mi única identidad es “ser en función de mis hijos”. Durante estas últimas semanas he podido comprobar que 1 + 1 no son 2 sino que pueden convertirse en cualquier cantidad si no eres capaz de resguardar algo de ti ante ellos. Un bebe te introduce de lleno en un mundo sin relojes, pero a la vez tu otro hijo, convertido de repente en mayor, te mantiene atada a unos horarios rígidos que no admiten aplazamientos. Por eso no te queda más remedio que compaginar ese mundo sin días ni noches de madre recién estrenada con las constantes exigencias que depara la vida de tu hijo mayor.

No es raro con este panorama, que mi identidad personal se haya reducido hasta hacerse inexistente ante esos invasores omnipresentes. La maternidad ha acabado por llenar hasta el último resquicio de mi vida y ha aniquilado cualquier otra identidad. Feliz y desbordada yo me he dejado arrastrar por un torrente de ternura y dedicación y he dejado que esto ocurriera olvidándome de mí misma. Pero como me recuerda una lejana canción: “una lucecita que apenas se ve, cuando estoy a solas va diciéndome que no soy yo…”. Yo…no quiero huir de esa advertencia que siento que me amonesta por la abdicación de mi yo más personal. Hoy este blog abandonado ha sido la señal particular que ha zarandeado mi conciencia. Por eso estoy sentada de nuevo ante el ordenador intentando superar el cansancio y las constantes llamadas de mis hijos para volver a disfrutar de un espacio diminuto pero irrenunciable donde recobrar esa identidad que naufragaba arrastrada por la fuerte corriente maternal.

No sé si las madres que leéis esto habéis conseguido ejercer vuestro rol maternal sin renunciar a ese territorio propio, personal y único, ajeno a los otros, pero os animo con ahínco a que lo intentéis. Necesitamos atender nuestro patrimonio interior para poder ejercer con éxito esa función tan exigente de cuidar a los otros. Sólo así seremos tan fuertes y flexibles como para manejar sus exigencias y sabremos calibrar nuestro amor para dejar a nuestros hijos su propio espacio de crecimiento y emancipación.

Sinceramente pienso, aunque a veces no lo ejercite, que sólo si no nos abandonamos a nuestro rol maternal lograremos ser mejores madres. Yo lo intento, aunque como habéis observado ya, en este momento me está resultando casi imposible. Aún así os animo a todas las madres en este inicio de año pletórico de buenos propósitos que añadamos a nuestra lista de buenas intenciones la de encontrar tiempo para ejercer de personas y lo utilicemos como más nos apetezca para enriquecer nuestra vida propia. ¡Feliz año!