parejas2.jpgDicen que después de las navidades aumentan de manera escandalosa las demandas de divorcio, pero lo cierto es que éstas no cesan de crecer en nuestro país en los últimos años, y ya es una realidad que hoy en España uno de cada cuatro matrimonios acaba disolviéndose. Pero aunque el divorcio se este convirtiendo en una realidad cotidiana a nuestro alrededor, la ruptura de un matrimonio sigue siendo uno de los procesos más amargos a los que tenemos que enfrentarnos a lo largo de la vida, tanto es así que nuestra forma de reaccionar suele ser similar a la que se produce tras la muerte de un ser querido.

En ambos casos se ponen en marcha una serie de reacciones psicológicas sucesivas que tienen que superarse antes de que seamos capaces de volver a la cotidianidad. En un principio ante la desaparición de ese individuo tan significativo para nosotros surge la desesperación, el aturdimiento e incluso la negación de esa pérdida. A menudo parece imposible empezar una vida sin el otro y los afectados se refugian en fantasías de reconciliación para eludir el dolor que supone la ruptura.

Cuando el paso del tiempo hace que la realidad de la pérdida sea imposible de negar aparecen sensaciones de desarraigo, apatía e indiferencia por el entorno, y hasta un profundo desconsuelo que puede conducir hasta un auténtico cuadro depresivo. Esta fase puede ser incluso más duradera en los casos de divorcio que tras la viudedad y puede extenderse a un periodo de hasta dos o más años.

Al lograr por fin atravesar este arduo desierto, el afectado llega a la fase en la que desea reincorporarse a la vida diaria y reajustar su existencia sin esa persona. Tampoco es una etapa sencilla, ya que el apoyo que recibimos de nuestro entorno social suele está más orientado hacia la continuidad de la familia nuclear que a favorecer la adaptación individual del divorciado.

Pero no imaginemos que estas sucesivas reacciones empiezan siempre con la demanda de divorcio, muchas veces este proceso de “duelo” se inicia cuando el deterioro de la convivencia es tan evidente como para anunciar firmemente la ruptura. No nos sorprendamos, entonces con recién divorciados que parecen eufóricos, porque probablemente ellos hayan sufrido gran parte del duelo antes de hacer tangible la separación. Ya que tras el desconcierto, la tristeza y el desbarajuste vital de los primeros meses, se llegan a experimentar sensaciones nuevas y positivas. Una de las más importantes consiste en recobrar el sentimiento de equilibrio, la confianza en uno mismo y la paz interior después del huracán que ha azotado nuestra vida, y es que el divorcio también puede ser un camino hacia la felicidad.