mujerordenador.jpgHoy las empresas compiten por atraer talento y lo van a buscar a las escuelas de negocios donde se cursan los master más exclusivos. Porque para cualquier organización que se precie de vanguardista resulta imprescindible captar a estos jóvenes potenciales triunfadores y convertirlos en su mejor estandarte empresarial.

Chicos y chicas tan asertivos que llegan a ser agresivos, jugadores de imagen atractiva, ambiciosos y exigentes con las condiciones de trabajo. Personas frías y calculadoras que conciben sus empresas como el medio elegido para conseguir su triunfo personal. Eso sí, tiburones sobradamente preparados para vencer en la elite de los negocios.

Pero no les pidamos además que tengan los valores que suelen ir unidos a la madurez personal, porque no los vamos a encontrar en ellos. La sensibilidad, la empatía, la preocupación por el crecimiento de su equipo, la pasión por lo que hacen o la ilusión por crear un proyecto, son fortalezas en las que nadie les ha instruido…¿Quién las necesita para triunfar hoy? Sus valores se dirigen más hacia la competitividad, a la osadía, a conseguir el aprecio de sus supervisores, y a un compañerismo siempre basado en el intercambio de favores.

Nada de lo que estos chicos dan es gratis, todo en sus manos adquiere un precio aunque éste no siempre sea monetario. Por eso resulta difícil motivarlos, aunque las empresas tratan de hacerlo con uñas y dientes. Promociones adelantadas, salarios más altos que los correspondientes a su categoría, compensaciones de todo tipo, y cursos exclusivos de formación son algunas de las estrategias que se utilizan para retener a unos profesionales que no son fieles a nadie excepto a ellos mismos. Es probable que algunas de estas jóvenes promesas con la madurez que dan las experiencias y los años se conviertan en auténticas realidades, entonces habrá valido la pena la inversión que se ha realizado en ellos, pero esto no ocurre en muchos de ellos que picotean su ambición en distintas compañías uniéndose al mejor postor en cada momento y huyendo del compromiso a largo plazo.

No olvidemos que las empresas no sólo necesitan tiburones. Hay otros trabajadores acuáticos, los delfines, capaces de ejercer una mayor empatía con el entorno, ser más cooperativos, comprometidos y fieles. Ellos son al menos tan necesarios como aquellos para hacer progresar las organizaciones, aunque con una ambición más recortada y menos exigentes en sus reivindicaciones suelen pasar desapercibidos en las grandes organizaciones. El problema surge cuando para premiar a aquellos ávidos depredadores se penaliza a estos otros empleados de características menos aparentes aunque igual de valiosas.

Quizá las empresas deberían pensar que potenciar una convivencia equilibrada y justa entre ambas especies animales puede ser la mejor estrategia para el bienestar organizativo.