couples3.gifCuando iniciamos una relación de pareja nuestra mayor tarea consiste en complacernos el uno al otro, buscando la satisfacción mutua en todas las actividades que ideamos para compartir. Pasamos horas pensando cual puede ser el viaje que le gustará más, vemos películas a las que nunca hubiéramos ido por elección propia, ¡e incluso nos gustan!, gastamos dinero en restaurantes prohibidos para nuestros bolsillos y nos embarcamos en cualquier aventura sólo con el afán de satisfacer a ese otro que se ha colado en nuestras vidas. Con seguridad, nuestra pareja hará algo parecido con nosotros. Así, que no es extraño que acabemos habitando en un lugar maravilloso e ideal, edificado sobre la complacencia de los deseos y placeres…

Al cabo de un tiempo de andar juntos por la vida, esas oportunidades que buscábamos a cada paso para hacer feliz al otro, dejan de ser tan importantes, y volvemos a desear esas hamburguesas olvidadas, echamos de menos las tardes de conversación con los amigos o el holgazaneo en el sofá. Nada insalvable porque podemos volver a nuestro lugar ideal tan frecuentemente como queramos, y además todavía acumulamos abundancia de placeres compartidos.

Pero de forma irremediable, si seguimos adelante en nuestra trayectoria común, vamos adquiriendo compromisos y responsabilidades conjuntas. Aparecen obligaciones, siempre ingratas y urgentes que nos desvían de cualquier complaciente actividad. De repente caemos en la servidumbre de tareas que distan mucho de ser placenteras pero que son necesarias para nuestra subsistencia: la compra, la limpieza de ese común apartamento, la plancha, o la revisión del coche sustituyen con presteza al concierto, a la cena a la luz de las velas o a la copa compartida. Con los hijos la situación da una doble vuelta de tuerca y podemos sentirnos ahogados por tanta responsabilidad y tan poco grato respiro. Cuando nos falta la respiración quizá ya es demasiado tarde para solucionar nuestra convivencia.

Así que…permitidme un consejo, que también me doy a mí misma: no dejemos que nos asfixien las obligaciones y amortigüemos éstas volviendo a buscar el placer del otro y el nuestro propio. No podemos evitar la carga de exigencias que lleva la vida, pero si suavizarla si aportamos hedonismo a la pareja.