cartas.jpgQuerida hija:

Ante todo decirte que estoy bien, como deseo que vosotros lo estéis. No te asustes por esta inesperada misiva, nada grave me ocurre, aunque sí importante, tan importante como para no confiarlo a una llamada telefónica y preferir desplegarlo en este papel. Así que, aquí estoy, escribiéndote acompañado por los ronquidos de mi compañero de habitación.

Estos días en Benidorm han cambiado mi existencia. Ya hace tres años que tu madre se fue, y desde entonces mi vida sólo ha estado poblada de fantasmas y recuerdos. Después de pasar juntos toda una vida he tenido que aprender de nuevo a vivir sin su presencia con todo el cansancio de mis 70 años, y aunque tú no lo sepas, esta prórroga de mi vida sin ella la he vivido dentro de una espesa niebla.

Pero he de decirte que, hace apenas unos días, me he convertido en otra persona. El destino de mi vida ha dado un giro en el último momento y he vuelto a desear seguir en este mundo. Todo porque en este hotel lleno de ancianos en busca de su último rayo de sol he encontrado yo un rayo especial que de forma suave y placentera, ha penetrado en la niebla para iluminar de nuevo mi vida.

Mi rayo, ya lo habrás adivinado, tiene nombre de mujer: Luisa. La conocí una noche después de la cena cuando me asomé al salón de baile. Allí me tropecé con unos ojos vivarachos que me enredaron entre sus pestañas. A partir de esa noche la busqué en cada momento: en el comedor, en la gimnasia, en los paseos. Mi estancia aquí se convirtió en una persecución continua de ella. Me hice el encontradizo, empecé mil conversaciones siempre interrumpidas por otros compañeros y hasta me atreví a sacarla a bailar olvidándome del crujir de mis rodillas. Todo por conocerla. Y el esfuerzo valió la pena, hija mía, porque encontrarme con ella me ha hecho regresar a sentimientos que ya tenía enterrados.

Luisa me ha inundado de una felicidad cálida y serena y me ha insuflado vida desde su optimismo. Y hoy, hija mía, me siento como si fuera de nuevo un mocetón paseando de la mano de mi amada, mientras escuchamos el vaivén de las olas en la playa.

Ella es viuda también. No tiene hijos. Vive en un pueblo de Huesca, no lejos de nuestro pueblo. Los dos de secano, y ya ves, nos hemos ido a conocer al lado del mar. Aquí estamos a nuestra edad descubriendo juntos las caricias del agua salada en nuestros huesos.

Las horas se nos pasan volando charlando de nuestras vidas. Estamos haciendo planes, …ya sabes, hija, no tenemos tiempo que perder a nuestra edad. Los días pasan deprisa y la amenaza del autobús que nos llevará de vuelta a casa nos acecha… y no nos queremos separar. Le he dicho que tengo intenciones serias para con ella, que me gustaría que nos casáramos, pero ella no quiere oír hablar de esto hasta no tener vuestra aprobación.

En fin, quería contarte todo esto esperando que comprendas a tu padre que no quiere dejar pasar esta última oportunidad que le brinda la vida porque me gustaría recibir tu consentimiento a mis intenciones de hacer a Luisa mi esposa.

Un abrazo y un beso para todos de tu padre, que os quiere”.