corazon.pngLa mayoría de las mujeres que hemos luchado con ahínco y fortaleza durante décadas por ocupar el lugar social que merecemos, todavía sufrimos de una dependencia emocional que no nos deja volar tan alto como podríamos. Esa dedicación afectiva a los demás es explotada por la sociedad que descarga con alivio sobre nosotras las labores de cuidado del otro. Hijos pequeños, esposos exigentes y padres ancianos nos dominan desde sus necesidades. Por ellos y por esta dedicación infinita somos capaces de olvidarnos de nuestros proyectos, de nuestra libertad e incluso llegamos a plegar nuestras propias alas para impedirnos, en un descuido, levantar el vuelo. Ponemos demasiado corazón al servicio de los demás, y nos quedamos con muy pocos de sus latidos para nosotras.

¡Cuidado!, porque podemos encontrarnos que detrás de los papeles de madre, esposa, o hijas solícitas nos vamos desdibujando hasta llegar a desaparecer como personas independientes. Virginia Wolf decía que las mujeres necesitamos una habitación propia. Un sitio ajeno a todos donde disfrutar de nuestra soledad, trabajar nuestro talento y cuidar nuestra alma. Un lugar impenetrable para esos otros, tan amados, que dominan nuestro tiempo y nuestros afectos desde sus demandas siempre urgentes y primordiales.

Sin embargo, esta cultura de la entrega al otro que permanece grabada como una impronta en nuestros cromosomas gemelos nos produce no pocas compensaciones. Nos sentimos imprescindibles para esas personas a las que queremos tanto, y eso alimenta la confianza y seguridad en nosotras mismas, como ningún otro logro vital que podamos alcanzar. Nuestra identidad femenina se construye alrededor de esta sumisión afectiva, y por eso, este afecto tan servil nos puede llevar a renunciar a casi todo en la vida.

Aún más, parece que el ocuparnos de nosotras mismas y reservar un lugar secreto en nuestra alma para cultivar nuestras pasiones, es resultante del egoísmo y de la avaricia de nuestro corazón. Así que cualquier proyecto que pueda robar tiempo a esa dedicación al otro nos culpabiliza tanto que, a veces, no podemos soportarlo y aunque intentemos despegar con aspiraciones de independencia, pronto nos rendimos para caer enredadas, de nuevo, en esa tela de araña de entrega desmedida.

Tenemos que romper esta esclavitud hacia los afectos ajenos si queremos llegar a la igualdad social. Sin llegar a fugarnos de esta dedicación tan femenina, pero sin dejarle que ocupe toda nuestra alma y consuma hasta el ultimo kilovatio de nuestra energía. Debemos proteger un espacio propio donde las necesidades de los otros se vuelvan lejanas y sentirnos orgullosas de crecer con independencia de la aprobación afectiva de nuestro entorno. Tan fácil y tan difícil como eso. ¡Animo chicas, vale la pena intentarlo!