olas.pngCuando pienso en tiempo pasado en la amistad entre un hombre y una mujer suele cruzarse por mi mente esa popular frase que a todos nos han dicho alguna vez y que, no puede por menos, que recibirse con una mezcla de indignación y dolor: “yo también te quiero, …pero sólo como amigo”. Un ofrecimiento de “amistad” tan hipócrita como antipático para aquél que una vez deseo a ese nuevo camarada forzado como amante. ¡Triste, pero cierto!… éste era durante mucho tiempo el único camino que parecía conducir a la amistad entre un hombre y una mujer, un trayecto tramposo que difícilmente podía guiarnos hacia ese fin.

Los chicos y chicas de finales del siglo XX hemos vivido gran parte de nuestra vida como grandes desconocidos. Crecimos en recreos separados y habitamos en una juventud de desconocimiento mutuo. ¡Como ser amigos entonces! No disponíamos de afinidades comunes ni éramos capaces de identificarnos con ese “otro” tan misterioso. Nos decían que procedíamos de distintos planetas, unos de Marte, otras de Venus, por causa de las hormonas sexuales. Esas sustancias que se apoderan de nuestros sentimientos y conductas para definir nuestro cuerpo y nuestra mente como seres sexuados.

Quizá sean las hormonas responsables de que nosotras vivamos nuestros afectos con una profundidad inusitada en los varones. Necesitamos tener amigas que se convierten en un recurso imprescindible para nuestro equilibrio emocional, mujeres con las que nos sentimos libres para compartir confidencias y afectos sin miedo al rechazo. Los hombres, sin embargo, manejan su camaradería de espaldas a sus sentimientos, expresan su cordialidad mediante actividades lúdicas o aficiones compartidas. Partiendo de esta diferencia en el modo de vivir la amistad, resulta natural que hayamos elegido la mayoría de nuestros amigos entre personas de nuestro mismo sexo.

Aunque más allá de la combinación de la genética y la biología, más allá de las hormonas, las circunstancias ambientales que vivimos son las que nos definen como seres únicos. A lo largo de nuestra vida, vamos cambiando de actividades, de entornos y de relaciones, pero es cada vez más frecuente que hombres y mujeres habitemos espacios comunes. No resulta extraño, por tanto, que por fin hayamos atravesado el umbral de la amistad mixta.

Así que ahora la mayoría de nosotros rechazamos sentirnos alienígenas frente al otro sexo, más bien creemos que podemos contagiarnos afinidades y aprecios. Por eso buscamos amigos nuevos y diferentes, con los que componer insólitas relaciones. Esto me recuerda un poema de Mario Benedetti que dice así: “Te propongo construir…un nuevo canal…sin exclusas…ni excusas que comunique por fin…tu mirada atlántica…con mi natural…pacífico”.