hombresaco.jpgCuando yo era pequeña, había un personaje que vagaba por las calles de mi pueblo atemorizando a los niños traviesos. Nuestras madres nos hablaban de él con familiaridad, y nosotros sabíamos que si nos alejábamos de nuestras casas o el anochecer nos sorprendía en el parque, teníamos que correr al refugio hogareño para no acabar en el saco de ese hombre cruel que hacía desaparecer a los niños que desoían las órdenes paternales. Hoy apenas nos acordamos de este mito, que es un auténtico desconocido para nuestros hijos a los que hemos querido evitar temores “asustachicos”. Pero, a raíz de las recientes desapariciones de niños pequeños, me ha asaltado una duda: ¿estamos haciendo bien los padres ahorrando esas historias de miedo, también de cautela, a nuestros hijos?

La imagen del hombre del saco tiene su origen en el miedo paternal a los numerosos crímenes que se cometían sobre niños hace más de un siglo. Este mito, no era propio de la España profunda, sino que existía de forma similar en muchos otros países tanto de Europa como de América. El objetivo de este cuento que nos relataban nuestros padres era evitar riesgos en esos hijos que empezaban a andar con paso propio y se alejaban de su omnipresente protección. Además pretendía protegerles de los contactos con extraños, siempre sospechosos, cualquiera que fueran sus intenciones. El hombre del saco era protagonista de terribles historias a las que la imaginación infantil les daba la forma y el miedo necesario para salvarles de los oscuros peligros que podían acecharles lejos del amparo de su familia.

Los casos de Mari Luz, o de Yeremi, niños de una edad similar desaparecidos, como por arte de magia negra, a pocos pasos de sus padres me hacen resucitar este mito a los ojos de mi hijo de cinco años. Es esta edad especialmente peligrosa, o al menos así me lo parece a mí, porque es cuando los niños comienzan a interesarse por un entorno más allá de la familia, cuando van adquiriendo cierta independencia y se alejan progresivamente de esa mano paternal a la que antaño se aferraban.

Es una edad en la que los niños traspasan límites alejándose de nuestra vista o de nuestra protección, para explorar, sin recelo, atrayentes espacios nuevos. Al mismo tiempo, como seres sociales a los que les gusta relacionarse, desde esa temprana infancia, pueden empezar a conectar con adultos. Son ocurrentes y alegres y suelen despertar sonrisas y conversaciones en desconocidos interlocutores. Sin embargo, a los cinco años, siguen siendo profundamente inocentes, su conciencia del mundo se restringe a su propia familia, y esa confianza hacia todo, basada en la seguridad que reciben en su hogar, les puede conducir hacia situaciones temerarias.

Por eso me pregunto: ¿hacemos bien cuando les evitamos miedos que pudieran actuar, en un momento dado, protegiéndoles de una posible desgracia?. Pero, a la vez, también me asalta otra duda: ¿no será que el bombardeo mediático que vivimos, con las tristes noticias sobre estos niños desaparecidos, acaba enredándonos en una contagiosa psicosis de terror y sospecha irracional?. Ciertamente no sé cual es la mejor respuesta a estas preguntas y, tengo que confesar que últimamente me sorprendo asustando a mi hijo con mis propios miedos.