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Hay dos frases que definen actividades generalmente adjudicadas a nuestra feminidad, que, aunque parecidas, encierran contenidos que no pueden ser más discordantes, son: “vamos de compras” y “vamos a hacer la compra”. Mientras que en el primer caso la acción se acompaña de un ánimo eufórico y divertido, el “ir a hacer la compra” resulta, cuando menos, una tarea pesada y fastidiosa en la que perdemos todo nuestro glamour, para convertirnos en profesionales de la oferta, el tamaño familiar y el tres por dos. Ambas tareas pueden convertirse en el modo de empezar un fin de semana, aunque de manera ciertamente…bien diferente.

Al formar una familia, la mayoría de nosotras abandonamos el placentero “vamos de compras” de las mañanas del sábado. Ejercicio entre amigas de comadreo íntimo y confidencias interrumpidas por ojeadas a escaparates, probadores llenos de camisetas, o montañas de cajas de zapatos esperando pacientemente a ser escogidas. Sin excepción, este paseo nos ayudaba a entrar en las festivas veladas del fin de semana totalmente recuperadas del estrés semanal. Pero una vez que atravesamos el umbral de la vida familiar, esta afición tan femenina nos dice adiós para dar paso al tedioso y agitado recorrido, sujetando un indómito carro y lista en mano, por los pasillos de un hipermercado.

Parece mentira, que con la tecnología de la que disponemos no hayamos podido huir todavía de la compra semanal. Todo ese engorroso proceso que empieza por encontrar aparcamiento y disponer de la moneda precisa para alimentar ese carrito con tendencia a avanzar desviado. Continúa con la ingrata tarea de ir desgranando la lista de la compra a medida que se llena el carro, esperar turnos varios, meter todo en frágiles bolsas dispuestas a romperse, y colocarlas de nuevo en el desviado carro. No acaba la compra al salir del hipermercado, ¡que más quisieramos!, aún nos queda bajar al aparcamiento, coger de nuevo las bolsas colocarlas en el coche, dejar el carro con sus compañeros…y ¡por fin! llegar a casa para de nuevo trasportar las bolsas a nuestro hogar y distribuir su contenido a lo largo y ancho de la cocina. En fin, una ocupación latosa que no podemos evitar si queremos aprovisionar a nuestra familia de todo lo necesario para la supervivencia semanal.

Pusimos nuestra esperanza en Internet y en el hipermercado virtual. Parecía que el ADSL podría también librarnos de esa odiosa visita al bullicioso centro comercial,… pero nos ha fallado estrepitosamente. Por qué, quien de vosotras no se ha sorprendido al recibir la compra por Internet y dar la bienvenida a un pescado tan envejecido que hacia huir al olfato más extraviado o a unos plátanos que tiempo atrás olvidaron que su color era el amarillo. En fin, que no podemos evitar que los productos frescos reclamen nuestra vista antes de elegirlos, ni arriesgarnos a que nos llegue a casa una cesta no siempre deseada.

Así, que paciencia, porque de momento no se ha inventado nada que nos permita sortear con gracia la visita a los hipermercados, pero…no os desaniméis, porque debe haber muchos inventores trabajando en lo que puede llegar a ser uno de los descubrimientos de este nuevo siglo. Estoy segura que la forma de evitar esta obligatoria visita semanal al hiper y mandar a miles de millones de carritos al infierno, tendrá más adeptos que él que en su día tuvieron las, en otro tiempo revolucionarias, máquinas de lavar la ropa