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A veces, parece que el invierno no va a pasar nunca. La oscuridad ocupa las tardes y, el viento, y el frío se adueñan de la calle. Dejamos pasar el tiempo, deseando que los días se sucedan rápido y esperando un milagro que nos libere de la melancolía que nos araña dentro. Pero… de forma inesperada, casi sin que nos demos cuenta, un día el Sol nos acaricia con sus rayos hasta hacernos sonreír, y nos sorprende la vida brotando con verdes aromas entre ramas secas. Entonces, respiramos hondo y nos sacudimos ese aire de invierno que quedaba en nuestros pulmones. ¡Por fin ha llegado la primavera!

Las estaciones no solo se suceden en los lugares que habitamos, la vida a veces nos da un golpe bajo que nos derriba y nos relega a un invierno del ánimo que se nos antoja infinito. La soledad, la enfermedad ó el desamor pueden azotarnos e inundarnos de tristeza. Otras veces la melancolía se adueña de nuestro ánimo de forma caprichosa y sin razón tangible. Cuando esto nos ocurre, parece que ya nunca seremos capaces de volver a saborear la vida, que en las inclemencias de nuestra alma no será capaz de florecer la primavera.

Lo cierto es, que la tristeza no suele quedarse con nosotros para siempre, y que a los inviernos más crudos les siguen las primaveras más espectaculares. No se puede dejar de temer los tropiezos que nos depara la vida, pero tranquiliza confiar en nuestras fortalezas para resistir a ellos y en la temporalidad del sufrimiento. Hasta los árboles que son azotados por el viento y el frío durante meses, se renuevan con fuerza cuando son bañados de nuevo por el Sol. También nosotros somos capaces de resucitar una y otra vez después de los inviernos que azotan nuestra alma, y generalmente lo hacemos con más fuerza y valor.

¡Adiós al frío, al omnipresente gris, a la penumbra, y al encierro!

¡Bienvenidos al bullicio, a los paisajes, al color, y a la luz!

… os deseo que disfrutéis de esta primavera en las calles…y que la sintáis florecer en vuestros corazones!